"La renuncia de Castrilli, la intervención de la AFA, parar el fútbol por tres meses; y esto debería ser sólo el comienzo. Pero si no ocurre esta misma semana, significa que nadie quiere modificar nada y que nos sentaremos cómodamente a esperar el próximo muerto.” Escribí esto el 17 de marzo de 2008, en esta misma página, en este mismo diario. Habían muerto Silvia Belbruno, de 17 años, en Salta, y Emanuel Álvarez, de 21 años, en Flores, entre el viernes 14 y el sábado 15. El 12 de octubre murió Adrián Brito, de 14 años, en Tucumán; el 23 de noviembre, Rodrigo Silvera, de 27 años, luego de agonizar 22 días tras ser tiroteado, con bastante seguridad, por la barra de San Lorenzo, la Butteler. El mismo día murió Daniel López, de 21 años, acuchillado en Colón de Santa Fe. Tres muertos más, cinco en el año, que aún no terminó.La muerte de Emanuel había disparado un pequeño escándalo; la de Silvia había pasado casi inadvertida, porque era un mujer, porque era salteña, porque parecía un accidente, aunque fuera un accidente producto de que uno de sus acompañantes, en el camino al estadio, llevaba un arma … La de Emanuel, en cambio, era más áspera. Pensé que se trataba de la indignación por otra muerte gratuita, de otro inocente, otra muerte dolorosamente evitable. Sólo tiempo después comprendí que lo irritante de la muerte de Emanuel era simplemente que había obligado a suspender un partido, causando problemas de cronogramas, de programaciones, de transmisiones televisivas, los famosos asteriscos en las tablas de posiciones. Tamaño problema para el show business, para un espectáculo indetenible que no puede dejar de facturar, aun sobre la sangre ajena. Las muertes recientes, en tanto no produjeron ningún inconveniente “deportivo”, pasaron casi inadvertidas. La muerte del chico Brito, en Tucumán, por un disparo luego de enfrentamientos entre las hinchadas de Atlético y San Martín, acabo de descubrirla en La Gaceta de Tucumán luego de insistentes rastreos. Los mismos que tuve que hacer para hallar el nombre del sucesor de Castrilli, Pablo Paladino; la página web de su subsecretaría tiene tanta información como medidas ha tomado y desarrollado su responsable: ninguna.José Garriga Zucal, el antropólogo que más sabe sobre estos temas en la Argentina, sostiene que todo seguirá igual hasta que no vuelva a morir un hincha de River o de Boca, suceso que causaría un poco más de ruido. La próxima disputa renovada por el liderazgo de “La 12” permitirá confirmar la validez de su hipótesis. Entre tanto, tres muertes ignotas y anónimas, todas ellas tan absurdas y evitables como las de Emanuel y Silvia, se han sucedido sin que siquiera se hubiera producido un pequeño escandalito mediático. Es que, definitivamente, este tema no le importa a nadie, fuera de los deudos. Es una muestra más de la hipocresía descomunal que nos atraviesa. Cuando asesinaron a Marcelo Cejas en 2007, Nelson Castro prometió en su programa, en vivo, que no iba a dejar caer el tema. Lo mismo ocurrió tras la muerte de Emanuel, cuando decenas de programas de radio y televisión proclamaron, por centésima vez, que iba a ser la última. Posiblemente, quisieron decir que era la última vez que le iban a dar importancia al tema. La idea más brillante que se le cayó a Castrilli en cinco años fue el eslogan “Con la violencia perdemos todos”. Su sucesor lo ha desactivado, evidentemente consciente de que con la violencia en el fútbol sólo se pierden algunas vidas, vidas infames, irrelevantes, ínfimas. Es saludable, sin duda, que lo hayan asumido: la violencia es un negocio excelente para la policía, para las agencias de seguridad privadas y para la televisión –que pudo así transmitir todos los partidos–, para comenzar a contar. Creo que también lo es para unos cuantos dirigentes y para unos cuantos de los “pibes”, poseedores de ese capital llamado “aguante” que tan bien cotiza en el mercado. Y prefiero no seguir, para no meterme en un embrollo judicial.Las complicidades siguen a la vista, las responsabilidades también. Y nadie ha refutado las interpretaciones que hace diez años venimos sosteniendo y escribiendo, las que hablan de la violencia como norma y no como excepción, como “un fenómeno autónomo, con reglas y lógicas propias, todo un sistema moral de normas y legalidades y consecuencias que deben entenderse en sí mismas”. Lo único novedoso que ha ocurrido es, simplemente, que los hinchas y los periodistas y los dirigentes deportivos y los políticos argentinos han asumido, finalmente, que mientras no perjudique la programación y la marcha triunfal de Boca o Atlético Ledesma al campeonato, la violencia y la muerte les importan un bledo.
Fuente. Pablo Alabarces. www.criticadigital.com
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